Imagen: Collage sin nombre, José Aguayo 2025

Interrumpir el fin del mundo. Diez notas sobre el derecho a la filosofía

Colectivo Cibernética y Universidad

Nota 1: La divergencia epistémica y las capturas del giro maquínico-sistémico

El debate contemporáneo sobre las tecnologías de la automatización exige, en primer lugar, trazar una triple distinción conceptual que fracture la habitual homologación eufemística entre sus componentes: la cibernética, la ecología de medios —articulada en las dimensiones de la medialidad y la mediarquía— y la Inteligencia Artificial (IA). Aunque estas dimensiones colindan en el terreno de la técnica contemporánea, operan en planos paralelos y responden a matrices políticas y filosóficas diferenciadas. Confundir la herramienta computacional con la matriz epistémica que la precede o con el entorno sensible que habita oculta la verdadera naturaleza de la mutación en marcha.

Por un lado, la cibernética, sobre todo aquella de segundo orden, constituye una ontología general de los sistemas capaces de observarse a sí mismos a través de la reflexividad, la autorreferencia y los bucles de retroalimentación o recursividad. Sin embargo, esta ciencia de la organización de flujos informativos no es neutral. Atendiendo a la perspectiva crítica de Tiqqun, la cibernética debe entenderse hoy como la matriz política fundamental del capitalismo tardío; la llamada “hipótesis cibernética” opera como un dispositivo de control y gobierno totalizador que ya no se ejerce mediante las formas tradicionales de la soberanía, sino a través de la neutralización de los conflictos, la pacificación social y la regulación racionalizada y preventiva de los flujos de información[1].

Por otro lado, la inteligencia artificial actual se despliega mayoritariamente como una tecnología computacional agencial de optimización estadística, cálculo probabilístico y captura predictiva. Lejos de constituir una singularidad exógena o abstracta, la IA funciona como el brazo técnico y el instrumento operativo de la logística corporativa en su fase contemporánea. Es la sofisticación última de las infraestructuras de concentración del capital transnacional, diseñada específicamente para acelerar los ciclos de acumulación, automatizar la toma de decisiones y eliminar progresivamente las mediaciones sociales, éticas y humanas en pos de un rendimiento absoluto.

Finalmente, la teoría o ecología de medios introduce las coordenadas para comprender cómo la medialidad —el ecosistema de soportes técnicos que configuran y predeterminan la percepción humana— y la mediarquía —las estructuras de poder que gobiernan a través de dichos soportes— operan en el presente. Esta dimensión es la encargada de producir una hiper-realidad virtualizada; una infraestructura existencial y técnica donde la realidad material queda enteramente sustituida y absorbida por signos, simulacros y flujos comunicativos. Este entorno tecno-social se gestiona y regula a sí mismo de manera autorreferencial, clausurando cualquier posibilidad de una exterioridad crítica y transformando la experiencia vivida en un bucle automatizado e incorpóreo. Desmontar este triple entramado permite evidenciar que el algoritmo es, en última instancia, el brazo logístico de un tecno-capitalismo planetario que ya operaba constitutivamente como un sujeto autómata.

Nota 2: Del Estado securitario a las agendas neo-reaccionarias de la soberanía corporativa

La cibernética no emerge como una ciencia neutral ni puramente abstracta, sino históricamente encastrada en el aparato logístico y defensivo del Estado securitario. En su génesis de primer orden, durante la posguerra y la Guerra Fría, la cibernética se constituyó como la teoría matemática de la organización de flujos informativos indispensables para el Departamento de Estado Norteamericano y el complejo militar-industrial. Sus primeras instanciaciones empíricas y operativas se materializaron en el desarrollo de la teoría de juegos y el diseño estratégico de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD strategy). Bajo esta matriz, la política se redujo tempranamente a una técnica de gestión del riesgo absoluto, donde la estabilidad del tejido global dependía del cálculo probabilístico de sistemas homeostáticos cerrados y de la previsibilidad racional ante la amenaza del exterminio total. El control, en este primer estadio, seguía siendo una prerrogativa delegada y centralizada por la soberanía estatal.

Sin embargo, en el capitalismo actual, esta matriz original ha migrado y se ha operacionalizado de forma radical en el ecosistema corporativo de Silicon Valley. La vieja logística militar de la homeostasis ha mutado en una ingeniería de clausura algorítmica donde las herramientas de la cibernética y la inteligencia artificial ya no sirven para estabilizar el tejido social, sino para consumar la inmunización preventiva del capital. Este desplazamiento encuentra un punto de inflexión en visiones como las expuestas en The Technological Republic de Alex Karp y Nicholas Zamiska. Aunque dicho texto se presenta como un llamado a cerrar filas entre las corporaciones tecnológicas y el Estado para defender los valores democráticos occidentales frente a las amenazas globales, en la práctica legitima el advenimiento de una gobernanza donde las corporaciones de macrodatos y vigilancia masiva operan como el sustrato infraestructural e indispensable de la soberanía misma. La técnica ya no secunda al poder político; se erige en su condición de posibilidad.

Es precisamente en esta sustitución de la deliberación democrática por la gestión técnica donde el giro corporativo se abre decididamente a las agendas de la Ilustración Oscura y el movimiento neo-reaccionario (NRx). El rol estratégico de figuras como Peter Thiel y Elon Musk ejemplifica la transición desde la utopía libertaria de la liberación digital hacia un proyecto explícito de feudalismo digital y tecno-autoritarismo. Influenciados por las tesis neocameralistas de Curtis Yarvin —que abogan por disolver los gobiernos electos y reemplazarlos por estructuras corporativas regidas por directores ejecutivos dinásticos—, estos oligarcas financieros instrumentalizan la infraestructura tecnológica para intervenir y desestabilizar los procesos políticos tradicionales. Empresas como SpaceX y Palantir operan no solo como monopolios comerciales, sino como los nodos soberanos de una red de dependencia estatal y militar que vacía de contenido la soberanía de las naciones.

Esta mutación ideológica y estructural es diseccionada con agudeza –por ejemplo— por el periodista Gil Durán en su libro The Nerd Reich: Silicon Valley Fascism and the War on Democracy. Durán documenta la genealogía de este “tecno-fascismo” contemporáneo, demostrando cómo la promesa inicial de innovación y descentralización tecnológica ha sido capturada por una red de billonarios radicalizados por las crisis sociales y sanitarias del presente. A través de criptomonedas, inteligencia artificial, propaganda algorítmica y el diseño de “estados red” corporativos (como Próspera[2]), esta élite busca fracturar deliberadamente los sistemas democráticos occidentales. Como advierte Durán, el desmantelamiento de la democracia ya no se ejecuta mediante tanques o golpes militares tradicionales, sino a través del código, el capital y la desregulación absoluta. El algoritmo deviene así en el brazo logístico de un tecno-capitalismo planetario que, bajo la máscara del rendimiento y la eficiencia técnica, trabaja activamente para instaurar una dictadura corporativa global.

Nota 3: La materialización noética y la consumación sacrificial del tecno-capitalismo

La inteligencia artificial debe entenderse como una materialización noética radical. Su emergencia marca de forma definitiva el fin de la relación moderna entre teoría y práctica, en la medida en que virtualiza e ilimita la reflexividad, divorciándola por completo de la agencia antrópica. El pensamiento ya no requiere del sujeto biológico para ejecutarse, externalizarse o reproducirse. Al autonomizarse la noesis en la máquina, la vieja dialéctica colapsa en un automatismo integral donde la técnica se autorregula al margen de los fines humanos. Sin embargo, es crucial precisar que esta superación de la distancia entre teoría y práctica no equivale en absoluto a la abolición de la división del trabajo tal como la concibió Marx. Al contrario, nos confronta con “el fin idealista-capitalista de la división del trabajo” en la época de la subsunción tecnológica. Esta subsunción no debe leerse como un hecho absoluto ya consumado —lo cual supondría aceptar de forma acrítica la propia autorrepresentación totalitaria y el mito de omnipotencia que la técnica hace de sí misma—, sino como una condición estrictamente tendencial, un imperativo tecno-corporativo que busca la clausura pero que permanece constitutivamente abierto a la falla y a la resistencia del trabajo vivo. En esta dinámica, la escisión entre la potencia cognitiva y las condiciones objetivadas del pensamiento no se disuelve, sino que se agudiza de forma tendencial: el capital busca absorber el general intellect para devolverlo como una infraestructura maquínica automatizada que prescinde de la mediación del productor, convirtiendo al ser humano en un aparente residuo biológico de su propio pensamiento expropiado.

A la vez, lejos de presentarse como una fractura imprevista, este advenimiento no debe leerse como una singularidad tecnológica exógena, sino como la realización y consumación del proyecto onto-teológico de la metafísica occidental. La matriz técnica de la IA cumple el anhelo metafísico fundamental: la captura, codificación y clausura de la historicidad heterogénea del ser-en-el-mundo bajo la primacía de una estructuración sacrificial de la existencia. Para comprender la mecánica de esta captura, es indispensable recurrir ya no a la destrucción textual de la metafísica en sus “obras maestras”, sino a la tesis de Bernard Stiegler sobre la tecnología como una exteriorización de la memoria. Este proceso opera mediante rigurosas dinámicas de codificación y gramatización —es decir, la discretización, segmentación y formalización de los flujos de la conducta, el lenguaje y el pensamiento humano para hacerlos computables—. En el contexto de estas gramatizaciones inevitables, no se trata entonces de abandonar el proyecto crítico de la gramatología, sino de “llevarlo” al contexto hiper-tecnológico actual.

Es necesario evidenciar cómo la gramatización contemporánea ya no solo discretiza el habla o la escritura, sino la experiencia sensible y la actividad noética en su totalidad, convirtiéndolas en el sustrato del algoritmo. El monologismo de la máquina opera sacrificando la contingencia, la finitud y la apertura del devenir histórico para reducirlas a variables de un cálculo de optimización autorreferencial. Las supuestas amenazas existenciales que hoy se le atribuyen no son propiedades de la tecnología en abstracto, sino la traducción técnica de la tendencia inmanente del capital, cuya lógica de acumulación ilimitada siempre ha exigido el sacrificio de las mediaciones sociales y éticas en pos del valor que se valoriza a sí mismo.

Frente a esta clausura operativa, el pánico contemporáneo ante la pérdida de una supuesta “inteligencia natural” revela las limitaciones del humanismo metafísico tradicional, el cual insiste en trazar una frontera espuria entre lo biológico y lo maquínico. Es precisamente contra este plexo dogmático que el concepto de tecnicidad originaria nos permite articular una salida emancipatoria: asumir que toda inteligencia es constitutivamente artificial implica reconocer que no hay un sustrato humano pretecnológico que luego es adulterado por la máquina, sino un proceso de co-evolución donde la cognición siempre ha estado mediada por artefactos exteriores. Este giro epistémico nos permite escapar de las trampas del humanismo nostálgico sin caer, por ello, en el pliegue tecno-pesimista o apocalíptico que paraliza la crítica al asumir la derrota de antemano ante una supuesta totalidad técnica inquebrantable. Al desmontar la dicotomía entre lo natural y lo artificial, y al desnudar el carácter puramente tendencial de la dominación algorítmica, se evidencia que el verdadero riesgo radica en la subsunción del soporte gramatológico bajo la arquitectura de un tecno-capitalismo planetario. Afirmar la tecnicidad originaria y radicalizar la gramatología abren, entonces, la posibilidad de una interrupción anárquica de la subsunción: un sabotaje ontológico que fracture la mitología teológica del algoritmo, descarrile sus procesos de gramatización sacrificial y libere los soportes técnicos de la memoria para abrir un horizonte habitable que escape a la mera gestión del capital cognitivo.

Nota 4: La urgencia de la pregunta metafísica sobre la tecnología y el derecho a la filosofía

Lo anterior no significa, bajo ninguna circunstancia, que la humanidad se encuentre fuera de peligro o que debamos adoptar un optimismo ingenuo frente al despliegue tendencial de estas tecnologías. Por el contrario, el riesgo es inminente y devastador, pero su verdadera naturaleza se extravía cuando se atribuye el peligro a la representación fantasmática de la inteligencia artificial como una entidad dotada de una voluntad malévola e independiente. El error de las narrativas dominantes radica en autonomizar a la tecnología de sus condiciones materiales de producción, ocultando que ese “fin del mundo” pronosticado por las élites globales no es sino el efecto proyectado de la lógica destructiva del capital. Al desplazar el miedo hacia el fetiche tecnológico, el discurso dominante opera una doble mistificación: nos inmuniza contra la crítica al capitalismo al tiempo que presenta la catástrofe como un destino técnico inevitable. Por lo tanto, confrontar la amenaza de la IA exige desmontar su mitología teológica para comprender que la verdadera urgencia no es contener a un “dios tecnológico” en ciernes, sino interrumpir la maquinaria logística del tecno-capitalismo.

El pensamiento universitario contemporáneo se encuentra desarmado frente al fenómeno digital porque ha sustituido la pregunta por el ser de la técnica por encuestas estadísticas, modelos psicológicos conductuales, reglamentos jurídicos o mitologías escatológicas[3]. Para enfrentar esta captura, resulta imperativo combinar las respuestas institucionales —que abarcan desde las críticas disciplinarias hasta la creación de nuevos programas de estudio— capaces de reaccionar contra esta facticidad a partir de una recuperación radical del derecho a la filosofía. Como planteó Derrida, este derecho no se reduce a una demanda de inclusión curricular o a una función reguladora dentro de los saberes existentes. El derecho a la filosofía implica, fundamentalmente, asumir una posición con respecto a la Universidad misma: interrogar su posibilidad, su función y su estatuto institucional frente a las fuerzas que la determinan desde el exterior. Ello exige concebir la institución como un espacio de resistencia y, sobre todo, como una “pausa” o suspensión activa frente al imperativo acelerador del mercado y la rentabilidad cognitiva programable.

Esta exigencia de salvaguardar un lugar incondicional para el pensamiento crítico no es un añadido contemporáneo, sino que constituye el núcleo constitutivo de la Universidad moderna. Ya en El conflicto de las facultades, Kant formuló la necesidad estructural de una “facultad inferior” (la filosofía) cuyo valor estriba precisamente en no estar subordinada a los mandatos utilitarios del gobierno o a los intereses del intercambio comercial. Para Kant, la filosofía ocupa el ala izquierda del parlamento universitario para preservar la autonomía de la razón y la verdad frente a las capturas dogmáticas y operativas del poder exterior. En el escenario de la subsunción digital contemporánea, reactivar este plexo kantiano y derridiano permite exigir que la filosofía de la técnica se afirme como un campo reflexivo con cierta autonomía o fuerza débil. Un campo que se niegue a subordinarse a la urgencia adaptativa de la máquina sistémica y que, al defender su derecho a la pausa y a la incondicionalidad, fracture el monologismo maquínico para abrir un horizonte habitable de resistencia estudiantil e intelectual.

Nota 5: El enfoque sociologista y la captura de la economía política de plataformas

El análisis sociologista —cuyas coordenadas se trazan en centros de vanguardia global como el Oxford Internet Institute con su MSc in Social Data Science o el AI Now Institute de la Universidad de Nueva York (NYU)— constituye un espacio de referencia indispensable y de alta relevancia teórica para cartografiar las consecuencias inmediatas de la automatización. Estos programas ofrecen herramientas analíticas cruciales para examinar los sesgos algorítmicos, la planetarización de las infraestructuras y la reconfiguración de la división internacional del trabajo. Sin embargo, la pertinencia de este enfoque no debe conducir a una asimilación mimética ni a entablar una relación clientelar con dichos nodos académicos. El riesgo fundamental no estriba en una mera divergencia geográfica o locacionista, ni se resuelve bajo las consignas simplificadas de un reclamo decolonial. El problema radica en que, en la dinámica de estos centros, el horizonte problemático de la filosofía de la técnica es sutilmente “operacionalizado” en términos funcionales. Al reducir la investigación a una medición del “impacto” o a una crítica de la distribución material, el núcleo ontológico de la técnica queda neutralizado, permitiendo que la producción del conocimiento se acople sin fricciones a la demanda acelerada de los nuevos vínculos institucionales entre la universidad contemporánea y las corporaciones tecnológicas de macrodatos.

Nota 6: El enfoque cognitivista y el modelamiento de la racionalidad instrumental

Los enfoques cognitivistas, sólidamente institucionalizados en espacios centrales como el Center for Brains, Minds and Machines (co-gestionado por el MIT y Harvard) o el MSc in Cognitive Science de la Universidad de Edimburgo, son fundamentales para comprender la vanguardia en el procesamiento de información y la replicación computacional de los procesos cognitivos. Su valor en el diseño de arquitecturas neuronales y en el saber empírico es innegable; no obstante, el examen crítico de sus presupuestos exige evitar cualquier subordinación intelectual que repita acríticamente sus metodologías. Al analizar sus límites, se evidencia una operación teórica precisa: la filosofía y la pregunta por la noesis son operacionalizadas y constreñidas bajo el molde del “entendimiento” computable o el “saber” positivo. Esta reducción de la razón al cálculo no responde a un sesgo local que deba ser confrontado desde una periferia geopolítica, sino a una estrategia adaptativa interna del sistema científico corporativo. Al naturalizar la continuidad absoluta entre la mente humana y la red computacional, se clausura la discontinuidad constitutiva del pensamiento crítico (la brecha entre el “poema” y el “discurso”, o entre el pensar y el saber) para proveer al mercado tecnológico de una teoría cognitiva perfectamente maleable, acelerada y lista para ser integrada en flujos de optimización comercial sin interrupciones ético-metafísicas.

Nota 7: El enfoque analítico y la gobernanza procedimental del riesgo

El paradigma analítico, que encuentra su expresión más acabada y relevante en nodos de financiamiento multimillonario como el Institute for Ethics in AI de la Universidad de Oxford o el MA in Philosophy of AI de Northeastern University, provee marcos conceptuales rigurosos en materia de lógica abstracta, utilitarismo y ética aplicada. La centralidad de estos programas en el debate sobre la gobernanza global y la regulación algorítmica es un hito ineludible en el ecosistema contemporáneo. Con todo, la articulación de un pensamiento autónomo frente a ellos exige rehusarse a ocupar el lugar de un cliente teórico que simplemente consume y reproduce sus normativas de control. El examen crítico de su andamiaje revela que el horizonte ético-político es operacionalizado bajo la forma de una ética puramente procedimental y de reglamentos de “cumplimiento corporativo” (compliance). Al desplazar el dilema existencial de la subsunción técnica hacia el plano puramente técnico del “alineamiento algorítmico” (AI alignment), este enfoque funciona como un amortiguador institucional. Su diseño está pensado para mitigar los daños colaterales del capitalismo de plataformas sin obstaculizar la temporalidad del capital, domesticando el potencial destructivo y anárquico de la filosofía para transformarlo en una herramienta gerencial de gestión de riesgos corporativos.

Nota 8: El transhumanismo y la agenda neo-imperial del Occidentalismo

Como correlato ideológico que totaliza las operacionalizaciones anteriores, la vertiente apocalíptica-existencial y el paradigma del X-Risk despliega una sofisticada mistificación teológica del presente. Al desplazar la urgencia política hacia el fantasma de una Superinteligencia (AGI) dotada de voluntad malévola, el discurso de Silicon Valley opera una doble mistificación: presenta la catástrofe existencial como un destino técnico inevitable, inmunizando la dinámica inmanente de la acumulación ilimitada del capital de toda crítica sistémica. Sin embargo, las consecuencias de este modelo transhumanista van mucho más allá del pánico algorítmico; constituyen la vanguardia ideológica de una agresiva agenda occidentalista y neo-imperial. Bajo la promesa de una mutación post-humana y la superación biológica de los límites de la especie, el transhumanismo seculariza la vieja teleología de la supremacía occidental, asumiendo que el destino de la humanidad global debe ser dictado por la vanguardia técnica e infraestructural de las corporaciones transnacionales.

Esta captura neo-imperial y civilizatoria encuentra su expresión política más descarnada y paradigmática por ramplona en el discurso pronunciado por el Secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, en la colina de la Pnyx en Atenas, Grecia (el 7 de octubre de este año). Utilizando las ruinas del Partenón como un mero decorado estético de fondo, Rubio pretendió anudar de forma explícita los orígenes de la filosofía occidental y la democracia griega con el imperativo contemporáneo de la dominación tecnológica, industrial y militar del bloque atlántico. Su arenga, que exigía a Europa “despertar de su largo letargo” para reclamar un espíritu de expansión, conquista y primacía científico-técnica frente a sus rivales geopolíticos, devela el verdadero rostro de la onto-teología tecno-capitalista. Aquí, la apelación a los valores clásicos del thumos y la individualidad occidental se devalúa en un vulgar panfleto de propaganda geopolítica y militarismo estratégico. El modelo del riesgo existencial y la aceleración transhumanista muestran así su verdadera consistencia: un dispositivo ideológico de clausura planetaria que instrumentaliza el archivo conceptual de Occidente para justificar la subordinación total de la existencia al imperativo logístico del tecno-capitalismo global.

Nota 9: La Universidad corporativa, el trabajo inmaterial y las insurgencias continentales

De las notas anteriores se sigue la necesidad impostergable de elaborar una pregunta/programa sobre Cibernética y Universidad que asuma una doble tarea crítica sobre sus propias condiciones materiales. Por un lado, debe interrogar la división contemporánea del trabajo, lo que conduce directamente a la pregunta por el trabajo intelectual, inmaterial y los regímenes de precarización bajo el capitalismo de plataformas y cognitivo. Por el otro, debe volcar esa mirada implacable sobre la institución que lo alberga: la universidad y su corporativización en marcha. La universidad contemporánea (en general, su idea) ha dejado de ser el espacio de la Bildung para transformarse en una corporación burocrática e hiper-cibernetizada, orientada exclusivamente a la producción de capital humano flexible y patentes tecnológicas al servicio del mercado global.

Consecuentemente, la propuesta de Cibernética y Universidad desplaza el horizonte sociológico, cognitivista, analítico y transhumanista que monopoliza las lecturas de la automatización (ejemplificado por los centros corporativos de Silicon Valley y las universidades del establishment). Para ello, afirma la centralidad de la filosofía de la técnica de impronta continental, pero lo hace sin caer en la nostalgia tecno-fóbica ni en los laberintos oscuros de su propia tradición metodológica. Frente a la hegemonía anglosajona, este proyecto se referencia a título estrictamente ejemplar y no exhaustivo —como coordenadas variables y abiertas a múltiples constelaciones críticas insumisas— en aquellos nodos que sostienen una disidencia epistémica viva: la postfenomenología y la mediación técnica de la Universidad de Twente, la teoría de medios radical y la estética crítica de Goldsmiths College, el desmontaje arqueológico de París 8 y la Sorbona, o la actualización de la teoría crítica del capitalismo digital en el Instituto de Investigación Social (IfS) de Frankfurt. Es en este arco continental —y en su expansión hacia la tecno-diversidad planetaria— donde se articulan los conceptos indispensables para sabotear la clausura operativa de la academia actual.

Nota 10: El plano de inmanencia contra la consumación cibernética de la educación occidental

Frente a la clave estrictamente operativa, corporativa y adaptativa de los programas universitarios existentes, la restitución del derecho a la filosofía se cualifica de dos maneras indisolubles. Por un lado, abre y reivindica el campo problemático de la filosofía de la técnica en toda su complejidad conceptual. Por otro lado, esta restitución no implica cerrar filas disciplinariamente ni repetir el gesto dogmático o advenedizo de un acceso privilegiado a la verdad. Consiste, antes bien, en comprender la filosofía como el plano de inmanencia donde se hacen visibles y pensables las formas acontecimentales y las iteraciones singulares del pensamiento, del arte y de la literatura, sin que ninguna de estas prácticas pueda ser reducida a los formatos endémicos de su captura institucional. Este retorno al archivo —que convoca desde Aristóteles, Descartes, Leibniz y Kant hasta Heidegger, Simondon, Stiegler, Derrida o Hui— no busca otorgar una pátina académica a las mutaciones técnicas del presente, sino leer la historicidad de la metafísica como el territorio mismo que la cibernética ha terminado por materializar. Al hacerlo, se evidencia de paso cómo la “ontología” laxa, fluida y flexible de la cibernética no representa una ruptura con el pasado, sino la realización técnica y consumada del proyecto curricular de la educación occidental que ya diagnosticó Nietzsche y analizó Heidegger: la conversión de la formación en un dispositivo de administración de la vida. Solo fracturando este plano de inmanencia desde una interrupción anárquica de la subsunción se abre un horizonte que escapa al monologismo maquínico y a la gestión total del capital cognitivo.

Octubre 2026



* Este texto programático elabora algunos aspectos relevantes de la actual mutación tecnológica que experimentamos. Se trata, en efecto, de un texto que insiste en “el derecho a la filosofía”, más allá de su reducción a una ética procedimental en el contexto de los debates sobre tecno-capitalismo, inteligencia artificial y gubernamentalidad algorítmica. A la vez, en sus notas se expresan nudos problemáticos que han constituido la agenda de discusión del colectivo Cibernética y Universidad, un grupo internacional, inter-universitario e inter-disciplinario, alojado en el Programa de Teoría Crítica del Departamento de Filosofía de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (Chile), y que reúne miembros de la misma UMCE, de la Universidad de California, Riverside; San Diego State University, University of Michigan y Cornell University. 

[1] De hecho, concebir la cibernética como matriz no alude a un territorio previo ni a un molde trascendente sobre el cual se viertan las técnicas, sino a una functorialidad operativa (una transducción generalizada). Al mapear dominios heterogéneos en flujos computables sin perder la recursividad estructural, la máquina disuelve la mathesis universalis y la ontología clásica en el trayecto mismo del cálculo: ya no representa las operaciones, las efectúa como su propio suelo, borrando la distinción entre estructura y evento. De ahí la imposibilidad radical de “contestarle” desde los presupuestos de la crítica moderna; al operar bajo un régimen de pura inmanencia funcional, cualquier objeción externa es inmediatamente absorbida y neutralizada como un vector más de optimización sistémica.

[2] Próspera es una zona económica especial y ciudad privada constituida bajo la forma jurídica de una ZEDE (Zona de Empleo y Desarrollo Económico) en la isla de Roatán, Honduras. Financiada por firmas de capital de riesgo vinculadas a la élite tecnológica de Silicon Valley (incluyendo inversores cercanos a Peter Thiel), funciona de manera autónoma con sus propias leyes, tribunales privados de arbitraje y el Bitcoin como moneda de curso legal. En la literatura política contemporánea, es considerada uno de los experimentos empíricos más radicales del neocameralismo y la Ilustración Oscura, donde el contrato social democrático es sustituido por un contrato corporativo privado y la soberanía estatal es enteramente reemplazada por la gestión gerencial del tecno-capital. Para una versión ficcional y lúcida, habría que atender a la serie televisiva Alien: Earth y la lógica corporativa, que reemplaza la alegoría clásica de los viajes espaciales del Nostromo como exploración imperial capitalista en las primeras películas de la serie Alien.

[3] Por supuesto no todo el pensamiento universitario, no en todas partes, no todo el tiempo.