Imagen robada

NUNCA HA HABIDO UNA REVOLUCIÓN FACEBOOK

Comité Invisible

No es inútil hacer un poco de genealogía para comprender cómo el mundo de relaciones es sustituido por un mundo de imagenes, pero sobre todo cómo el registro de huellas viene a compensar una experiencia famélica del mundo. Cómo se ha vuelto «natural», ante la belleza de una puesta de sol, de un paisaje o de un plato, el hecho de fotografiarlo para los ausentes antes de experimentarlo por uno mismo o, mejor, con los que están ahí. Como si importara salvar mediante huellas objetivas el mundo de nuestra incapacidad subjetiva para vivirlo realmente. Tal es nuestra apocalipsis cotidiana: cada día, hacemos el duelo del mundo mediante las imágenes que de él mismo salvaguardamos. Esta manía tiene un nombre: el lifelogging, es decir, el registro continuo de todas nuestras actividades, como si fuera posible «registrar» [logger] la propia vida a la manera de un programa informático. Si el proyecto de un dispositivo electromecánico, el Memex, que permite registrar todo lo que un individuo hace, dice, lee y piensa en su vida, se debe a un artículo de 1945 de Vannevar Bush, uno de los creadores del proyecto Manhattan, no es indiferente que el primero que juzgara oportuno llevar la crónica insignificante de su vida cada cinco minutos —hasta el punto de considerar que si dejara de cumplir con semejante diario sería como «extinguir su propia vida»— fuera un reverendo protestante: Robert Shields. Y es que este individuo se dedicó a hacer eso durante veinticinco años, de 1972 a 1997. Cada quien obtiene la salvación que puede. Su sucesor, un ingeniero pionero de la wearable computing [elementos informáticos “vestidos” sobre el cuerpo], comienza, por su parte, a filmar y difundir su vida de forma continua en 1994. En 1998, el año de El Show de Truman, es seguido por una «comunidad» de 20 000 personas y, por supuesto, no dejó de mantener al ejército estadounidense al corriente de los progresos de su experimentación. En 2001 es un pionero de la informática, Gordon Bell, quien, en el marco de un proyecto de investigación de Microsoft inspirado explícitamente en el Memex de Vannevar Bush, decide digitalizar el conjunto de los libros que lee, después el conjunto de la música que escucha, luego el conjunto de las películas que ve y, por último, el conjunto de sus conversaciones telefónicas. Incluso emprende la tarea de llevar permanentemente una cámara fotográfica que se dispara a intervalos regulares, registrando al mismo tiempo su posición GPS. En 2001, a un hombre que registraba hasta el menor detalle de sus actividades y que tomaba fotos geolocalizadas de las banalidades de su vida se le solía tomar por loco. Sin embargo, en 2025, le acompañan en su delirio varios millones de congéneres. La propagación y extensión de esta locura: he ahí lo que interesaba al ejército estadounidense. Fue este último el que tentó a nuestro hombre para sacarlo de su puesto en Microsoft con el fin de que explorara la posibilidad de masificar su idea de lunático. Pero la experimentación duró poco: el proyecto, lógicamente bautizado como «LifeLog», lindaba puerta con puerta en las oficinas de la DARPA, con el conjunto de las demás experimentaciones orientadas a generalizar y automatizar la vigilancia de los individuos bajo el pretexto del 11 de septiembre. ¿Y qué mejor manera de anticipar el paso al acto terrorista que recopilando el conjunto de datos que produce la vida de todos los ciudadanos estadounidenses y procesarlos hasta obtener un perfil individual con pretensión predictiva? Las revelaciones sobre el Total Intelligence Awareness Program —el «proyecto Manhattan de contraterrorismo», tal como lo llamaría su director— generaron demasiadas protestas, y la DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) tuvo que deshacerse de algunos de sus programas de investigación más innovadores. Y así fue como el LifeLog cayó en el olvido el 4 de enero de 2004. Y, sin embargo, curiosamente, he aquí que el mismo 4 de enero de 2004 es el día en que se puso en línea el sitio de Zuckerberg.

Si Facebook logró su primera gran ronda de financiación sin tener el menor atisbo de business model, fue gracias a la gentileza de Peter Thiel, ese miembro de la «comunidad de inteligencia» que acababa de ofrecer a la NSA proseguir en secreto, junto con Palantir, tantos otros proyectos injustamente calumniados. Por lo que sea, a los ciudadanos estadounidenses no les hacía mucha gracia la idea de dar acceso a la totalidad de sus vidas a los funcionarios; pero esos mismos ciudadanos sospecharán mucho menos de los jerséis de cuello vuelto de un tipo de Silicon Valley que había construido su imagen pública precisamente en contra del Gran Hermano. Esto es lo más enjundioso del asunto: como el funcionamiento democrático estadounidense había frenado las veleidades de la vigilancia secreta, han de ser los propios administrados quienes, a plena luz del día y por voluntad propia, los que terminen confiando cada detalle de sus vidas. De este modo, las agencias de inteligencia y otros «actores de influencia» son libres de hacer su agosto con las montañas de datos que los GAFAM drenan con fines comerciales. Un ex director de investigación de Cambridge Analytica confirma que en 2011 la DARPA «financiaba investigaciones sobre el perfilado psicológico de los usuarios de redes sociales, sobre la difusión de mensajes antigubernamentales y sobre la manipulación en línea. Ingenieros de Facebook, Yahoo e IBM participaban juntos en proyectos de investigación financiados por la DARPA sobre la manera en que se consume y difunde la información» (Christopher Wylie, Mindfuck). El propio Zuckerberg lo admite sin rodeos: «La gente me dice: “¡Es genial que hayas desempeñado un papel tan importante en las Primaveras Árabes! Pero es un poco terrible lo de toda esa información que permites compartir y recopilar”. Pero es que es complicado tener lo uno sin lo otro». Dicho de otro modo, en el mundo de Zuckerberg, el espacio de la revuelta y el de la vigilancia son y seguirán siendo el mismo. Para que nadie se ponga celoso: también el ámbito político y el espacio privado habrán de volverse indistintos: «Cuando se produce un gran cambio la gente aplaude. Al mismo tiempo, se inquietan por el uso cotidiano de Facebook: la gente que pierde el tiempo, que hace cosas malas, etc. Pero no se puede separar verdaderamente aquello que cambia en el mundo de lo que pertenece al uso cotidiano y banal». Esta es, por supuesto, la versión de la historia según Zuckerberg. Sin embargo, cualquiera que participara de las revueltas árabes de los años 2010 lo confirmará: nunca ha existido nada parecido a una «revolución Facebook». Fueron más bien la densidad de las relaciones reales entre las personas, su resistencia cotidiana —ínfima, pero tenaz— y una larga memoria popular las que proporcionaron el sustento de estas revueltas. Facebook no fue más que uno de sus vectores. No es una fatalidad, por tanto, que los medios de los que se valen los levantamientos terminen convirtiéndose en su fin, como sí ocurrió recientemente en Nepal, donde un dirigente interino era elegido a través de Discord mientras las ruinas del parlamento todavía humeaban. La tragedia radica, en cambio, en que los «revolucionarios», especialmente en Occidente, hayan terminado por razonar como Zuckerberg y por no hacer casi otra cosa que construir una fuerza de choque sobre el terreno mismo de la impotencia. Por lo demás, no faltó gente perdidita de la vida, que lo reivindicó con toda la megalomanía propia del histriónico tono televisivo y del compromiso de medio pelo que se mueve en Internet. «Más que cualquier otra profesión, creo que tenemos el poder de cambiar el mundo», fanfarroneaba Kalle Lasn, el cofundador criptosituacionista de Adbusters, antes de crear la cuenta de Twitter de Occupy Wall Street. La crítica de la acción simbólica ya se había realizado ampliamente después de 1968. Incluso Baudrillard, en su Requiem por los media, había señalado cómo esta dependencia de la publicidad adversa «equivale a desmantelar el movimiento quitándole su propio impulso». Con un toque de mal humor, constataba: «En el límite, el acto subversivo ya solo se produce en función de su reproductibilidad. Ya no se inventa, se produce directamente como modelo» (Para una crítica de la economía política del signo). Ya en el siglo XIX se analizaba la revuelta como un fenómeno irracional, como una locura mimética, incluso entre los propios anarquistas. ¿Un siglo más tarde, los revolucionarios se habrían convertido en los apóstoles de la racionalidad comunicacional? El truco es un poco burdo, pues ofrece excusas a los amargados para mantenerse al margen de todo, y ante todo, de cualquier realidad conflictiva. Y es que lograr un poco de finura en esta cuestión obliga a asumir la existencia de un vínculo entre imitación e insurrección. Pero se trata, desde luego, de un vínculo irreductible al número de visualizaciones. El gesto revolucionario extrae su potencia de difusión menos de su adecuación al medio que del eco que encuentra en una comunidad, en una organización, en un sentimiento o en una perspectiva preexistentes. En 2016, el riot porn derivado de la lucha contra la Loi travail [ley del Trabajo, que incluía flexibilización del mercado laboral, despidos, horas extraordinarias y primacía de los acuerdos de empresa sobre los convenios colectivos] nunca captó más que la cresta de la ola de los disturbios. Las imágenes eludían el sentimiento compartido de aversión hacia la policía y la inutilidad de los sindicatos, la ignorancia fingida o real de las buenas maneras del movimiento social, las complicidades entre bandas, las amistades, la insubordinación, la alegría… Los K-ways negros [chubasqueros], la rotura de escaparates y el lanzamiento de adoquines no eran propiedad de un sujeto, y dejaban abierta la posibilidad de ser habitados de otro modo en otra parte. Y no por ello eran «significantes vacíos». Por el contrario, eran vividos de manera singular, y eso era lo que los hacía compartibles. Más que la represión, lo que les resultó fatal fue el desmoronamiento de aquello que los sustentaba, es decir, su reificación en atributos estéticos. De repetición en repetición, los gestos se ausentaron, y con ellos toda inteligencia táctica de las situaciones singulares y de las realidades locales. Una especie de abstracción definitiva terminó por prevalecer. Y además, ¿quién os dice que vuestro doble digital creado por las redes sociales no es al final más real que vosotros mismos, eh?

Hay que decir que los revolucionarios arrastraban consigo una ascendencia que los condenaba en verdad a morder el anzuelo. No solo tomaron prestado de la Contrarreforma cierto gusto por la propaganda, sino que los más sinceros de entre ellos habían llegado, con la «propaganda por el hecho», a sostener que un acto podía valer políticamente por el eco público que este encontrase, particularmente en los periódicos. «La radio podría ser el aparato de comunicación más formidable que cabe imaginar en la vida pública […] si logra no solo emitir, sino también recibir; no solo hacer escuchar al auditorio, sino también hacerlo hablar; no aislarlo, sino ponerlo en relación con los demás». Ese era el sueño de Brecht en 1932, pero llegó 1933 y otros se encargaron de revelar las virtualidades políticas desconocidas de los transistores. Desde las radios libres de los años 1970-80 hasta el «Don’t hate the media, become the media! [¡No odies a los medios, conviértete en ellos!]» del movimiento altermundista, la utopía de la subversión metropolitana se fundió con la del capitalismo cibernético para mayor provecho de este último. Y todo esto ocurrió como si, al extraer las lecciones del éxito de la «guerra revolucionaria» en los conflictos de descolonización, los partidarios de la insurrección hubieran aislado, en el seno de los movimientos subversivos, el momento comunicacional de su anclaje en el tejido ético, en las prácticas y la historia de los pueblos en revuelta. Y, en fin, se comprende sin esfuerzo por qué sucedió esto: se acaba pensando con los medios de los que se dispone. Sin sorpresa para nadie, el uso estratégico de «lo narrativo», tan apreciado por los radicales desde hace algún tiempo, data de la era Reagan, quien creía firmemente en el «poder de las historias». Un estudio de caso de la Armada estadounidense de 2013 titulado Contramovilización: la guerra social no convencional pretende establecer el mejor método para vencer los «movimientos extremistas violentos», e insiste en la centralidad del «contra-relato», que permite presentar la «ideología del movimiento en cuestión como ilegítima y aberrante». Ahí se describe la puesta a punto de los «contramovimiento» apoyados financiera, logística y humanamente —mediante la infiltración sistemática— con el fin de promover, en el seno de la población enemiga, las tendencias que permitan debilitar, en este caso, a Al Qaeda, a los zapatistas o a Hamás, descrito por lo demás como un contramovimiento que se había escapado del control de los servicios israelíes. Desde entonces se ha podido comprobar cómo el triunfo de un «contra-relato» precedía por poco el aplastamiento de la población bajo las bombas. ¡Y he aquí que hay idiotas posmodernos que intentan todavía convencernos de que la revolución es un asunto de «relatos»! Ofrecer así a los «revolucionarios» la doctrina truncada de nuestros enemigos figura entre las lisonjas con las que esta clase de perversos se empeñan en desarmarnos. Porque perverso, en efecto, es aquel que cree poder doblegar la realidad a su voluntad. Y es que incluso la Armada estadounidense ha comprendido perfectamente que todos los relatos del mundo no sirven de nada sin la inteligencia estratégica de la situación y los medios para intervenir en ella. El secreto, para los revolucionarios, «consiste en conducirse primero, y tanto como sea posible, ateniéndose a las fuerzas reales de que uno dispone», termina por admitir el jugador antes de seguir faroleando por encima de sus posibilidades. Lo que además resulta especialmente lamentable en semejante conversión a las doctrinas ajenas, es que revela el eterno complejo de identificación con el poder por parte de quienes pretenden derrocarlo. El mismo complejo por el cual Lenin se extasiaba ante el taylorismo, o la Checa [policía secreta soviética] copiaba a la Ojrana [policía secreta zarista], o que Marx aspirase a una organización industrial de los obreros para hacer frente a la internacional de los capitalistas. Hay ahí algo de una prepotencia desconcertante, una pretensión ridícula de heredar el poder, por lo demás muy propicia para alimentar el resentimiento contra quienes hablan de revolución.

Estudiar seriamente las estrategias del adversario es precisamente lo contrario de identificarse con lo que se combate. Tomemos el ejemplo de Cambridge Analytica, una empresa que llevó a cabo, desde sus oficinas en Londres, operaciones de «influencia» dirigidas contra los yihadistas de Oriente Medio y los narcotraficantes sudamericanos, además de campañas dirigidas contra los votantes occidentales. Si reabrimos Mindfuck de Christopher Wylie, leemos: «Los programas están diseñados con el propósito de crear en los objetivos percepciones irreales que los confunden y que degradan su eficacia individual. Se alienta a los objetivos a fijarse en acontecimientos menores o inventados e identificarlos como catástrofes, mientras que las contra-relatos intentan despojar de todo sentido a las cosas, creando la impresión de acontecimientos desconcertantes o carentes de inteligibilidad. Los contra-relatos también intentan sembrar la desconfianza para reducir la comunicación establecida con los demás, lo que puede a su vez obstaculizar las pretensiones que movilizaban a los propios objetivos […] Con el estallido de las redes sociales, de repente las agencias militares y de seguridad tuvieron acceso directo a las mentes y a las vidas [de sus objetivos]». Eso fue en 2013. Una década más tarde, son los servicios del primer ministro francés los que coordinan una primera experiencia orientada a trasladar la «guerra cognitiva» «del ámbito de la especulación al de la ingeniería sistémica», tal como nos enseña la revista de la École Polytechnique. Se trata — es un comienzo— de establecer un «diagnóstico sistémico de las vulnerabilidades cognitivas» del país, es decir, la capacidad del sistema social para «autorregularse» frente a las crisis. El enfoque, abiertamente inspirado en la cibernética, parte del postulado de que los desórdenes internos emergen de «la amplificación […] de bucles de retroalimentación no regulados», por ejemplo cuando «una polarización emocional […] fragiliza las mediaciones y acelera la desincronización entre los grupos sociales». Lo que interesa a los servicios del Estado en este caso no es el contenido de las ideas subversivas que circulan, sino la velocidad a la cual «se reconfiguran las representaciones», así como «la estabilidad cognitiva» del sistema en «su capacidad para mantener múltiples interpretaciones de la realidad sin que se produzca un colapso narrativo». El diagnóstico abarcaba siete «campos cognitivos», desde la «ecología moral» hasta la «cohesión interétnica», y cuyo análisis de las relaciones permitió «trazar una cartografía de entropía cognitiva, comparable a un mapa energético del cuerpo social». Confiesan finalmente que la fuerza de este dispositivo residirá, una vez más, en la convergencia «entre las culturas militar y civil». Todo esto pretende ser una respuesta a los últimos hallazgos de la maskirovka, es decir, el arte ruso de las jugarretas estratégicas. Hacia mediados de la década de 2000, algunos observadores  señalaron que la influencia postsoviética se concentraba en realidad menos en una lógica de conversión que en una de caos ideológico: «Las noticias falsas se difunden seis veces más rápido que las verdaderas, pero también de manera más profunda y amplia», creían saber nuestros estrategas nacionales apoyándose en la ciencia del MIT. Esta «subversión por irrealidad», como puede denominarla hoy en día cualquier politólogo de medio pelo polemizando sobre la estructura misma de la separación entre hechos y mentiras, logra hacer implosionar la pretensión de un gobierno democrático y, de paso, acaba por volver locos a un buen número de personas, y no solo en la primera línea del frente del periodismo. Un oficial cualquiera que pasó de un think tank de la OTAN a Meta y luego a OpenAI resumía la técnica rusa de desinformación en cuatro verbos: dismiss, distort, distract, dismay —desmentir, deformar, distraer, desmoralizar—. Una manera como cualquier otra de reivindicar lo que ahora se autoriza a hacer en todas partes. En Francia, la «École de guerre économique», que debe su existencia a un antiguo infiltrado en el seno de los Núcleos Armados para la Autonomía Popular, prefiere centrarse en las técnicas de «asedio cognitivo». De ello se habla ya incluso en los ministerios y todo esto no es ajeno a la sensación de papilla mental que produce el actual espacio informacional. «Desestabilizador», «polarizador», «fracturador», «plástico», «hackeado», «viral»: así es como lo conciben ahora los servicios dedicados a influir, y estos adjetivos se aplican por igual a su objetivo declarado: nuestros «cerebros». «¡Hay una guerra en marcha por vuestra mente!», rezaba el eslogan del que era entonces el sitio de «re-información» [es decir, supuesta “prensa alternativa”] más célebre del mundo, Infowars. Mientras tanto, es la propia práctica gubernamental la que se ha reducido a la propagación de la confusión, la desconfianza, la desesperación y la microsegmentación; es importante saberlo, aunque evidentemente no sea obligatorio inspirarse en ello. Pero al obrar así, el capital comete un grave error metafísico que lo arrastra a operar sin fin, es decir, sin lograr jamás la victoria, a menos que sea mediante el suicidio de la especie. Del mismo modo que mi ser-en-el-mundo no se reduce al conjunto de mis percepciones, tampoco me constituye la totalidad de mis atributos, ni siquiera aunque estén modelados en tiempo real o, de manera aproximativa, por el conjunto de mis relaciones. Prueba de ello es que todos los «ataques de firma» lanzados por drones en Afganistán sobre la base de un «análisis de formas de vida» que sintetizaban todos los datos de observación, interceptación, «vigilancia persistente» y análisis de redes no condujeron más que a la victoria ética de los talibanes.             En 2010, la revista Time había designado a Zuckerberg como la personalidad del año. En 2011 fueron «the Protesters» quienes ocuparon su portada: jóvenes sublevados, licenciados, liberales y sobre todo conectados, es decir, futuros Zuckerberg. Podríamos reírnos de esta operación de lavado de cara si en el fondo no fuera el reflejo de lo que los propios revolucionarios se han acabado tragando con patatas. Su propia reescritura de la historia se acabó pareciendo rápidamente a la fotocopia de una fotocopia de una fotocopia en la que ya solo se distinguen las líneas gruesas, los marcos, los vectores… Cada reproducción mimética es la ocasión de forzar los rasgos; cada retorno de lo mismo, por agregación y no por selección, subraya todavía un poco más aquello que nos debilita. Así, se puede releer lo que ocurrió en Francia a partir del movimiento de 2016:  y es que por muy viva que hubiera sido la realidad en las calles, en el momento del reflujo no quedó de todo ello más que un balance meramente cuantitativo, basado en una suma de likes, publicaciones y contenidos virales, concretamente medido en vídeos de disturbios. Las cuentas, las reputaciones y las audiencias alimentaron la rentabilidad de los influencers autónomos que habían olfateado por dónde soplaba el viento y que luego, por supuesto, venían a meter baza en cuanto podían ante cada palpitación de la actualidad. Terminaron, en consecuencia, por creerse detentadores de una magia en la que las profecías acaban obrando por sí mismas diversos milagros. Inventaron revoluciones imaginarias de las cuales urgía, sobre todo, no hacer jamás ninguna clase de balance, porque eso implicaría hablar, justamente, de su insidioso charlatanismo. Inspirándose en los defensores del Occidente perdido —que habían cambiado la espada por el teclado, no sin cierto éxito: «4chan red pilled me»—, nuestros autoemprendedores de la revuelta han usado y abusado hasta la saciedad el recurso de la la revuelta digital. Es muy sencillo, decían: solo hay que producir el guion —del cual por cierto todavía no han encontrado la primera palabra— y actuar como si: es decir, como en Sidi Bouzid, como en Occupy, como en 2016, como con los chalecos amarillos, como en Hong Kong, como con George Floyd, luego como en Sri Lanka y finalmente como en Nepal. Y así, un buen día, inexorablemente, a fuerza de publicaciones, llamamientos y consignas lanzadas al viento, una de sus ideas terminaría por realizarse en la calle, y su pretensión de ser demiurgos del pueblo vendría por fin a ser colmada. Algunos debieron creer, parece, que a la revolución se le podía aplicar el lema «fake it until you make it», que tan bien funciona en la economía de las start-up. El monumental fracaso de las insurrecciones virtuales culminó en Francia el 10 de septiembre de 2025 con la desinflada performance llevada a cabo por el «movimiento Bloquons tout [¡Bloqueemos todo!]». Incluso los anticapitalistas se dedican hoy en día a la creación de burbujas especulativas. El carácter terrible de estas tomaduras de pelo es que destruyen de golpe —y a veces antes de cualquier inicio— la trayectoria de la chispa en el corazón mismo de todo levantamiento, excluyendo así la idea de que este sea posible siquiera, o de que para ello sea necesario algo más que una combinación de parámetros cibernéticos evaluables. Una vida propia, un devenir-imperceptible, un devenir-cualquiera, lo imprevisible de los cuerpos que se vuelven transmisores de la onda de la revuelta: un levantamiento no consiste en otra cosa que eso. Pues lo que constituye la verdadera capacidad de proliferación de un movimiento no es aquello que lo vehicula, sino, que haga latir los corazones. El medio se limita, por tanto, a hacerlo más perceptible. Es esa pulsación invisible la que bulle tanto en la intrepidez fogosa de la joven generación de 2016 como en la ingeniosidad táctica de los estudiantes de Hong Kong, o en la rabia de los chalecos amarillos y, en fin, en la determinación de todos los insurrectos que avanzan inexorablemente hacia el afuera. Un vector nunca sustituye a la sustancia, salvo para aquellos, claro está, que sencillamente carecen de ella. Un neo-mánager cualquiera de las luchas siempre podrá celebrar «el uso de plataformas digitales que generan un enorme potencial», es decir, de lo que Manuel Castells denominó «autocomunicación de masas», ciertamente. Pero el día en que Palantir le presente la factura de las ilusiones de la revolución comunicacional en forma de un recuento masivo de todos los datos de riesgo procesados a partir de las conexiones y los mensajes intercambiados, la broma le saldrá muy cara. Todos aquellos que creyeron ganar la batalla de la opinión con sus miles de clics en su pequeño sitio «revolucionario» sabrán por fin para quién trabajaban. Actuar guiados por la inconsciencia nunca ha constituido una excusa.


*Traducción de apartado del capítulo Formar espacios de no-publicidad, en el Manual de supervivencia (La Fabrique, 2026), último libro del Comité Invisible. Traducción bajo el cuidado de Abnegado traductor.