Imagen: Tacita Dean, Purgatory (3rd Cornice), 2021

Todo no es político

Daniel Alvaro

Más acá o más allá de la política, hay lo común. En los ensayos precedentes se han expuesto y comentado numerosos argumentos filosóficos y políticos que respaldan esta afirmación. Si cabe formular en unas pocas palabras finales el significado de la diferenciación y el vínculo entre estos órdenes, diría que el espacio de lo común, de lo comunitario, de la relación en general, es aquel donde el sentido circula en todos los sentidos, donde los seres vivientes y los inanimados comparecen juntos sin porqué ni paraqué; mientras que la política, la acción o la praxis política consiste en articular el sentido y los sentidos, los cuerpos y las relaciones, la singularidad y la pluralidad, de forma tal que se pueda dar lugar al despliegue multiforme de lo común. 

Tal vez el mayor peligro que corre este pensamiento es que el énfasis puesto en el distanciamiento de estos órdenes termine por desvincularlos, confirmando el papel meramente operatorio de la política y, a un mismo tiempo, reservando la posibilidad de experimentar el sentido de la existencia común a quienes disponen del tiempo y los recursos necesarios para hacerlo. Esto equivaldría a ratificar el estado presente del mundo. Tal peligro existe. Razón de más para no ocultarlo o disimularlo. En contrapartida, un pensamiento como este tiene la virtud de exponer con claridad una distinción que nadie o casi nadie parece dispuesto a hacer en la actualidad: lo común no es inmediatamente político. Atribuirle una significación política a lo común contribuye a la desorientación filosófica y política, incluso si lo que se persigue con ello es una revolución democrática con miras a una sociedad más justa, como sucede con las grandes teorías de lo común que se idearon en el siglo XXI desde las canteras del autonomismo y de la izquierda crítica del neoliberalismo. Comprender la naturaleza diversa y esencialmente indeterminada de lo común me parece un requisito imprescindible para imaginar cualquier propuesta de acción política, con mucha más razón si aspira a transformar el orden existente. En el peor de los casos, los vestigios de los Estados totalitarios del siglo pasado, así como los más actuales comunitarismos y fundamentalismos identitarios que se propagan por el mundo, no dejarán de alertarnos sobre la capacidad destructiva de la política entendida y practicada como asunción de la comunidad.     

La política no determina el sentido de la existencia común, a pesar de que esta acepción sublime del término se encuentre entre las más perdurables de su historia. Para lograr que esta esfera abandone su pretensión milenaria de detentar la verdad de lo común hay que evitar, sobre todo, proceder a una fundación o una refundación de la política, lo que siempre puede dar como resultado una recaída teológica o metafísica. Tampoco se trata de trasladar esta atribución ciertamente excesiva a una esfera no-política, como si la ciencia o la filosofía, el arte, la amistad, el amor o la religión pudieran asumir lo que la política no puede. No hay nada ni nadie en condiciones de asumir semejante sentido puesto que corresponde a todos y cada uno de los seres (juntos y separados, organizados y dispersos, atraídos entre sí y enemistados a perpetuidad, cuando no absortos en la más honda indiferencia). Lo común evoca la pulsación de todo con y contra todo que la política, conforme a su tendencia totalizante, querría efectuar o realizar en una obra. Pero en verdad la tarea política no acaba nunca. Por el contrario, se reinicia permanentemente en busca de gobernar el pulso vertiginoso de lo común.     

La filosofía de Nancy se extenúa en su afán por hacer saber que, antes de la política, hay el ser. Y al hacerlo enciende las alarmas de la vieja crítica materialista o empirista. A menudo se ha señalado su inclinación “esencialista”, sin advertir, o tal vez sin asimilar, que lo que esta filosofía llama ser o estar no es nada más que la materialidad y el contacto de los cuerpos. Esta antecedencia no cede a esencialismo alguno. Como tampoco impone ninguna clase de analogía, en el sentido de que la política no emana de la ontología, ni la replica ni la reproduce. La política dirige, coordina y regula las esferas por donde circula el sentido que la excede, que siempre está más allá o más acá de sí misma. Lo cual viene a querer decir que todo, sin excepción, pasa por la política, pero que la totalidad de lo existente no es directamente política.   

De manera paradójica, la misma época que le otorga un valor omnipresente a la política es aquella donde la democracia, tomada en el sentido clásico de gobierno de la mayoría, se ha disipado hasta casi desaparecer. Su lugar lo ha ocupado la economía, es decir, lo que antes se denominaba “economía política”. Dicho bruscamente, esto significa que hoy en día la política democrática está tomada por la racionalidad tecno-capitalista al servicio de una minoría cada vez más minoritaria. Nada distinto de lo que sucede desde hace al menos medio siglo –momento en que se suele fechar el ascenso de la razón neoliberal–, solo que los resultados de este acelerado proceso tienden a acrecentar las desigualdades existentes de un modo dramático, apenas imaginable hace poco tiempo atrás. Las condiciones impuestas por un sistema cuya supervivencia está basada en la destrucción de las especies y los recursos que lo hacen funcionar nos confronta al ejercicio de reconocer que, a pesar de todo, el mundo desdichado en el que nos toca en suerte vivir es nuestro mundo. Por penoso que pueda resultar, es preciso ver allí el espacio de sentido de lo común en su forma dominante actual. Marx ya sabía que en las condiciones del capitalismo plenamente desarrollado la “comunidad” se llama “dinero”, pues este se convierte en el nexus rerum, como dejó apuntado en uno de los borradores de su monumental crítica de la economía política. Lograr que el conjunto abierto de reenvíos y diferencias que conforman nuestro estar en común conduzca a otra cosa que un mundo dominado por la equivalencia mercantil depende únicamente de nosotrxs, de nuestra capacidad para reinventar el “espíritu” que nos anima y, no en menor medida, la política que nos ordena. Se necesita lo uno y lo otro. Ya que ninguna política, por radical o innovadora que sea, nos traerá algo de dicha si no comprendemos que aquello que resistimos o combatimos es parte pregnante de la consistencia de lo real o, más banalmente, de lo que somos en común. Al margen de los debates (¡siempre necesarios y bienvenidos!) acerca de cuál es el mejor proyecto o programa de acción para salir del callejón sin salida capitalista, urge entender que la forma que adoptan nuestros vínculos, intercambios y posicionamientos, nuestras derivas, pulsiones y transacciones, depende a un mismo tiempo de elecciones existenciales y políticas.  

Cualquiera puede comprobar por su cuenta que la existencia no se reduce a la política, como tampoco se reduce a la economía, ni al trabajo, ni a la producción. Incluso quienes consagran sus vidas a estas instancias (por necesidad, por deseo, o por la coincidencia de ambas cosas), aunque quisieran no lograrían restringirla a una sola dimensión o a una sola labor. Existir es abrirse, en todos los sentidos y direcciones que se pueda imaginar para esta apertura. En una vida caben muchas vidas, identificaciones o subjetivaciones, múltiples acciones y modos de inacción, pero la condición de posibilidad de esta diversidad es condición de imposibilidad de una única disposición vital. La gracia de la finitud consiste, acaso, en la irresolución existencial que nos empuja hacia una experimentación incesante. En cualquier ámbito de la existencia, experimentar supone exponerse a la contingencia de la relación con los otros existentes, sea bajo la forma del consenso y de la convivencia pacífica, sea bajo la forma del disenso, del antagonismo y del conflicto. En virtud de que no sabemos cómo vivir juntos existe la política, que es una respuesta siempre provisoria a una pregunta sin fin, precisamente porque abarca lo infinito.  

Naturalmente, la brecha entre ontología y política no viene a negar lo que hemos aprendido de las ciencias sociales en el transcurso de los últimos dos siglos. Sabemos demasiado bien que nada es indiferente al juego de fuerzas políticas, en la medida en que prácticamente cada acto humano implica intereses y decisiones que se inscriben a su vez en fenómenos de largo alcance y relaciones de poder transversales a la sociedad. Esto aplica tanto a “lo personal” como a la “filosofía primera”. Lo que se trata de indicar por medio de esta brecha es la separación y la relación necesariamente diferida entre lo finito y lo infinito, entre lo que puede ser medido, calculado o evaluado y lo que permanece inconmensurable. La filosofía entera de Nancy puede leerse como la paciente elaboración un discurso decidido a exponer esa diferencia y ese diferimiento, a sabiendas de que la posibilidad de percibir y hacer percibir la desmesura de lo infinito está sustraída a la lógica del discurso filosófico. El deseo de significar eso que solo nos es dado sentir o presentir nos descubre un pensamiento del fervor y, por añadidura, un fervor del pensamiento que hoy excede largamente la inmensa obra que lleva su firma. El fervor de una vida que se apaga prende súbitamente en otras vidas, se propaga, se consume y arde otra vez. 

Montevideo-Buenos Aires, enero-junio de 2025


*El presente texto de Daniel Alvaro es el Epílogo que cierra el libro Jean-Luc Nancy. Ontología y política (Prometeo, 2026). El libro se puede conseguir pinchando aquí.